Pianista / Dan Nimmer
Le invitamos a descubrir esta serie de entrevistas con personalidades afines al universo de King Seiko. En esta ocasión conversamos con Dan Nimmer, pianista de proyección internacional e integrante de la Jazz at Lincoln Center Orchestra. Fascinado por la elegancia atemporal de King Seiko, comparte su visión de la música, su forma de entender la interpretación y la filosofía del ritmo, un concepto que une tanto al jazz como a la relojería.
Nacido en Milwaukee (Wisconsin) en 1982, Dan Nimmer comenzó a tocar el piano desde muy joven. Tras una formación inicial en música clásica, orientó su carrera hacia el jazz. Después de estudiar en la Northern Illinois University, se trasladó de Chicago a Nueva York, donde desarrolló su trayectoria profesional. En 2005 se incorporó a la prestigiosa Jazz at Lincoln Center Orchestra. Reconocido por su extraordinario sentido del swing y su brillante técnica pianística, ha actuado junto a destacados artistas de distintos géneros, entre ellos Norah Jones. Aclamado tanto en Estados Unidos como a nivel internacional, también ha publicado varios álbumes como líder en sellos discográficos japoneses.
Mi padre era baterista -aunque no profesional- y desde que nací siempre hubo una batería en casa.
Por eso, mi primer instrumento fue precisamente la batería.
Comencé simplemente tocando junto a los discos que teníamos en casa.
Mis padres no escuchaban jazz; la banda sonora de mi infancia estaba formada por artistas como Earth, Wind & Fire, The Ohio Players o George Benson.
Mi verdadera trayectoria musical comenzó a los diez años, cuando llegó un piano a casa.
Al principio tocaba de oído, guiado por lo que veía hacer a mi padre, y más adelante empecé a recibir clases de piano clásico.
Sin embargo, nunca fui especialmente disciplinado con la práctica.
En lugar de interpretar las piezas exactamente como estaban escritas, prefería crear mis propias melodías o improvisar sobre ellas antes de cada lección.
Lejos de reprocharme esa falta de rigor, mi profesor supo reconocer mi inclinación por la creatividad y me sugirió algo que acabaría cambiando mi vida: «Quizá deberías estudiar jazz».
Conocer a un mentor tan excepcional y descubrir la música de Oscar Peterson marcó un antes y un después.
En cuanto lo escuché tocar, supe que quería dedicar mi vida al jazz.
Poder tocar el piano, viajar por el mundo y compartir mi música con el público, son de las mayores satisfacciones de mi vida.
Me mudé a Nueva York en 2004 y, al año siguiente, cuando aún estaba en la veintena, me incorporé a la Jazz at Lincoln Center Orchestra, dirigida por Wynton Marsalis. La banda tiene una forma de tocar muy reconocible y una rica historia, construida sobre una tradición que seguimos manteniendo viva.
El grupo ha evolucionado significativamente desde que me uní.
Somos 15 músicos, todos ellos solistas destacados, además de compositores y arreglistas.
Como pianista, mi función es acompañar a los demás.
Con 14 músicos a mi alrededor, cada uno puede necesitar algo ligeramente distinto durante su solo.
La sección rítmica nunca se detiene y, aunque es una función exigente, disfruto del reto de ofrecer a cada intérprete exactamente lo que necesita en cada momento.
He tenido la oportunidad de actuar con leyendas de distintos géneros, como Norah Jones o Willie Nelson. Nunca olvidaré cuando Willie Nelson nos invitó a su autobús de gira; compartir tiempo con él siempre resulta memorable, por su condición de verdadero icono.
A menudo no sabes qué esperar hasta que conoces a artistas de ese nivel, pero en la inmensa mayoría de los casos son personas sorprendentemente humildes: cercanas, amables y abiertas, como cualquier otra persona.
Creo que la música arraigada en estilos clásicos posee una cualidad naturalmente atemporal.
Muchos géneros han evolucionado a partir de esas bases; incluso la música country contiene elementos del blues.
Cuando colaboramos con artistas de distintos orígenes, nos centramos en aquello que compartimos y, muy a menudo, ese punto de encuentro está en el blues y en el sentido narrativo de la música.
Si hay algo que sigue definiendo al jazz y forma parte de su tradición, es el swing.
Es su esencia.
Esa sensación única que surge de la combinación entre la subdivisión binaria y el tresillo es lo que distingue a esta música.
El blues también forma parte de sus fundamentos.
Pero el jazz es, ante todo, una conversación. Consiste en escuchar a los demás y responder.
Si no existe ese diálogo, si no se deja espacio a los otros músicos, en cierto modo no se está haciendo jazz.
Yo toco una frase, otro músico la escucha y reacciona; después yo respondo a su propuesta.
Ese intercambio constante es lo que da vida a nuestra música.
Mi relación con la vestimenta sobre el escenario también ha cambiado con los años.
Cuando era más joven apenas le prestaba atención, pero con el tiempo he empezado a reflexionar más sobre cómo me presento ante el público.
Me gusta proyectar una imagen cuidada y elegante.
Llevar traje es una forma de mostrar respeto por la música y por quienes nos precedieron.
Basta con mirar a las grandes figuras de los primeros años del jazz: casi siempre actuaban con traje y corbata.
Para mí, actuar significa presentarme de manera pulida y respetuosa.
En esta ocasión tuve la oportunidad de llevar varios modelos King Seiko.
Entre ellos, el KSK destacó por una belleza esencial que trasciende su aparente sencillez.
Me atrajo especialmente su carácter sobrio y atemporal.
Nunca resulta excesivo, pero tampoco le falta nada; todo parece estar en perfecto equilibrio.
Otro modelo que llamó mi atención fue el nuevo VANAC de titanio. Es audaz, realmente magnífico.
El acabado pulido a espejo es impresionante, pero lo que más me sorprendió fue su ligereza.
Como pianista, valoro especialmente la comodidad, por lo que un reloj ligero resulta muy práctico.
La versión con esfera púrpura también me pareció preciosa, aunque suelo vestir colores más neutros, así que el acabado en titanio encaja mejor con mi estilo.
Sin embargo, al elegir, definitivamente necesito algo de ayuda de mi esposa: ¡su opinión es la más valiosa!
Encuentro muchos puntos en común entre la relojería y la música. La regularidad de un reloj mecánico recuerda al pulso constante de un metrónomo.
En la música, el tiempo lo es todo.
El ritmo debe ser preciso: ni adelantarse ni retrasarse.
Mantenerse siempre en el momento exacto es fundamental.
Esa búsqueda de precisión, tanto en la música como en la relojería, refleja una actitud basada en el rigor, la puntualidad y la atención al detalle.
Actualmente participo como instructor en el Seiko Summer Jazz Camp.
Al trabajar de cerca con grupos reducidos de apenas cinco estudiantes por instrumento, me sigue sorprendiendo el profundo respeto que muestran por la música y sus enormes ganas de aprender.
Muchos antiguos participantes desarrollan hoy carreras profesionales en el mundo del jazz, y he tenido la oportunidad de compartir escenario con algunos de ellos.
Formar parte de un proyecto educativo de este nivel es un verdadero privilegio.
Del mismo modo que King Seiko ha perseguido la esencia de la relojería a lo largo de su historia, los músicos también debemos preguntarnos qué significa ser realmente auténticos.
Creo que no depende tanto del lugar donde uno nace o crece.
Tiene más que ver con la profundidad con la que te adentras en la música y haces suyo su lenguaje; con el grado de compromiso y dedicación que estás dispuesto a asumir hasta expresarte con total naturalidad.
Hoy vivimos en una época en la que aprender música de cualquier parte del mundo es más fácil que nunca.
Precisamente por eso, es fundamental no limitarse a imitar a los demás, sino desarrollar una voz propia.
Cuando eres fiel a ti mismo y te entregas plenamente a la música, esa autenticidad acaba reflejándose de forma natural en tu interpretación.
Para mí, ese es el camino para alcanzar una autenticidad capaz de perdurar en el tiempo.





